Todos nos hemos sentido malhumorados alguna vez.

Cuando la alegría navideña se vuelve oprimente, cuando nos sentimos solos en medio de la gente, cuando preferiríamos arruinarles el momento a otros que admitir la derrota, Dr. Seuss nos dio una manera de describir ese sentimiento en su clásico libro infantil How the Grinch Stole Christmas.

Lo universal de esa emoción es la razón de que ese cuento haya trascendido al tiempo, y de que estemos ahora en la tercera adaptación fílmica del libro.

Benedict Cumberbatch asume el papel del Grinch en The Grinch, pero por suerte para él, no tuvo que ponerse maquillaje protésico. Todo se hizo con animación digital.

La nueva versión animada nos acerca a la película para televisión de 1966 estelarizada por Boris Karloff.

El trabajo de animación, a cargo de Illumination Entertainment, es deslumbrante, detallado hasta la textura de la lana de una chaqueta, el pelaje del Grinch y la nieve en la aldea de Whoville.

La historia de cómo el Grinch se robó la Navidad y su corazón creció tres tallas es acojinada con un poco más de trasfondo para Miss Cindy Lou Who (Cameron Seely).

Cindy Lou tiene un deseo para Navidad del que tiene muchas ganas de hablar con Santa.

Ella quiere que su exhausta mamá soltera, Donna (Rashida Jones), se dé un descanso, ya que trabaja toda la noche como enfermera y pasa todo el día cuidando a Cindy y a sus hermanitos bebés gemelos.

Una pista, Cindy: La palabra de la “S” que puede resolver esos problemas no es Santa, sino el socialismo.

Por eso, aunque The Grinch toca tangencialmente los horrores del capitalismo a ultranza en lo que concierne al consumismo navideño expresado en regalos y la realidad de tener que mantener a una familia y tener guarderías, el film no profundiza demasiado.

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